El Juego de Abalorios (I): un revenant

No es por ningún género de afectación por lo que utilizo en el título una palabra francesa, pero comprendo que esta declaración demandaría injustificadamente un acto de fe por parte de quien esté dispuesto a leer estas líneas. Explicaré, pues, brevemente mis motivos. Lo haré también porque en esa aclaración estará contenida cierta información relevante para conocer mis intenciones.

Revenant es el sustantivo por el que se designa en francés a quienes regresan del otro mundo, de la muerte. En español es común traducirlo por "fantasma" o alguno de sus sinónimos, todos ellos desafortunados desde el punto de vista de mi propósito. Phantasma significa "producto de la fantasía". Y, aunque la novela de Hermann Hesse, como todas las de su género, lo sea, no es a esto a lo que me refiero, pues no hablo de la relación del libro con él, sino conmigo. Para mí, El Juego de Abalorios es algo que acaba de regresar procedente de otro mundo: del pasado, de la muerte, de la negación. Y lo ha hecho del modo en que regresan los revenants: anunciándose tenuemente, o mejor, casi sin anunciarse, hasta situarse delante de mí con una presencia imperativa: "¡Lee!".

Esto, para mí, no constituye una novedad. Demasiado bien sé que los libros tienen su momento, y que el que abandonamos decepcionados o hastiados ayer puede resultarnos apasionante mañana. Esta, dicho sea entre paréntesis, es una experiencia que ya he compartido con algunos jóvenes que me otorgan su confianza y que deseo compartir con muchos más, para consolarlos en su desánimo cuando piensan que no están "a la altura" del libro. A menudo ocurre lo contrario: es el libro el que no está a la altura -de la vida- oportuna.

De todos modos, hasta hace muy pocos días no pensé que volvería a un autor, no ya a este libro, que ni siquiera de joven, a pesar de su entusiasta recepción por los lectores de esta franja de edad, terminó de convencerme del todo. Encontraba en él páginas de una belleza extraordinaria -las descripciones del pueblo natal del protagonista de Bajo la rueda-, historias apasionantes, como la de Narciso y Goldmundo, emocionantes descripciones psicológicas que podía compartir empáticamente, como las del Sinclair de Demian...; pero, a la postre, siempre me quedaba con una cierta sensación de vacío, como si delante de mí hubiera explotado una tornasolada pompa de jabón. En cuanto a las narraciones de tema oriental, con todo el respeto para quienes disfruten de ellas, mejor ni hablar: nada podía resultarme más ajeno.

Pero en estos días ha vuelto a mí, con la fuerza de una tormenta, El Juego de Abalorios; y ello, insisto, del modo en que estas cosas ocurren: por casualidad, como dicen los irreflexivos.

Hace una semana intercambié unos cuantos correos electrónicos con mi amigo y colega Thomas Müller, profesor en Ulm y director del Museo de Historia de la Psiquiatría de Südwürttemberg en Weissenau. Más joven y siempre afectuoso, me trataba en uno de sus mensajes, evidentemente de manera humorística, como "el Gran Luis", atribuyéndose a sí mismo el apelativo de "el Pequeño Thomas". Protesté, no hace falta decirlo, y le propuse que, puestos a jugar, lo hiciéramos de otra manera: concediéndonos, para uso privado, unos títulos como los que -creo recordar; no pienso confirmar el dato en aras de la erudición- usaron en su correspondencia Thomas Mann y Hermann Hesse: éste llamó a aquél Magister Thomas del Trave (por el nombre del río que pasa por Lübeck, ciudad natal de Mann), y aquél a éste... ¿quizá directamente Magister Ludi Josef Knecht, como el protagonista de la novela? Por cierto que en esto llevaba yo las de perder, pues a mí me correspondería, según esta topo-lógica el Manzanares y a él el Danubio, que pasa por Ulm. Apostilló que siendo el de Berlín y sintiéndose berlinés debería ser "del Spree", aunque también así su río deja en mantillas al mío.

Bien; hasta aquí la broma íntima y sin pretensiones de dos amigos. El caso es que, por esta extraña vía, de repente el libro abandonado a los... ¿dieciocho, veinte años?, se presentó ante mí como un auténtico revenant. No tuve más remedio que reconocer que lo que llevaba haciendo desde que dejé la práctica de la medicina y me dediqué en cuerpo y alma a su historia, a sus complejas relaciones con la literatura y las demás artes, todo aquello que, durante años, décadas incluso, me había parecido inconexo, arbitrario, tal vez puro diletantismo, "mariposeo", y que ahora estaba empezando a cobrar sentido -gracias, como comentaré en otro momento, a la lectura de Hillman- se parecía muchísimo a lo que el escritor de Calw había imaginado en la figura de su "juego de abalorios": una disciplina heredera de la medieval y renacentista ars magna combinatoria; un juego -pero un juego casi sagrado- en el que habría que poner "en juego" todas las disciplinas humanas, si se llegaba a ser de verdad un Magister ludi, o al menos tantas como fuera posible, si uno no quería renunciar a esa aventura.

Tenía que volver al libro, estaba claro; al libro que acababa de volver a mí desde un mundo lejano, enterrado, sobreviviente sólo en los recuerdos.

Escribo esto a los sesenta años. Sólo hace tres o cuatro que la lectura de Hillman empezó a configurar ante mis ojos un esplendoroso caleidoscopio con las disparatadas piezas coloreadas con las que, no sin cierta sensación de culpa, pero con enorme placer, había estado jugando desde mi juventud y a lo largo de toda mi vida profesional: los textos de Thomas Mann, Ernesto Sábato, Gustav Meyrink, Michel Tournier...; la denostada y escarnecida medicina de los románticos alemanes; el no menos ridiculizado magnetismo animal; la sospechosa psicología de Jung; y también la inquietud social y política por los hechos del presente, y el compromiso, seguramente insuficiente, con mis contemporáneos... ¿El Juego de Abalorios?

He comenzado a releer, o mejor, a leer de forma definitiva -ahora sé que lo haré- la utopía de Hesse, sabiéndola utópica, pero también, de algún modo, realizable en lo concreto. Sigue produciéndome cierta incomodidad algún toque, leve en este caso, de orientalismo -el hecho de que se hable insistentemente de unos "Peregrinos de Oriente"-, así como el tufo de orden religiosa de los estudiantes y profesores de la "provincia educativa de Castalia", pero sé que esta vez podré soportarlo. Comparto mucho, muchísimo más, de lo que rechazo en el texto de Hesse, y a su cita y comentario pretendo dedicar entradas sucesivas.

#cómosellegaaserloquesees

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