Las barbas de tu vecino. Sofosbuvir y hepatitis C

Hace poco más de un mes estaba sentado junto a Germán Velásquez, veterano luchador por el acceso a medicamentos antes en la Organización Mundial de la Salud, ahora en el Centro Sur. El doctor Velásquez, Germán, había aceptado con entusiasmo la invitación que, de parte de la Sociedad Española de Historia de la Medicina, le había hecho llegar meses atrás para que pronunciara la conferencia magistral de nuestro decimosexto Congreso Nacional, celebrado en la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense.

El evento fue, para mí, una fiesta. Desde hace años admiro la labor de este comprometido colombiano y la doy a conocer, curso tras curso, a mis alumnos, abriéndoles los ojos hacia los aspectos menos gloriosos de la arrogante medicina del siglo veintiuno. Un motivo suplementario, que no secundario, de alegría, fue la abrumadora presencia de estudiantes en la conferencia. Pero, además, en el curso de la exposición de Germán surgió algo que, tanto para ellos como para mí, representaba una novedad y tal vez anunciaba un punto de inflexión.

Lo que había movilizado a los estudiantes -y, ¿por qué no confesarlo? A mí mismo- había sido lo que tal vez podríamos llamar el sentido de la justicia. El marco del problema era, para nosotros -y para Germán y quienes son como él, desde luego- la desigualdad en el acceso a los medicamentos. Nosotros los tenemos; ellos no los tienen. Pero de pronto Germán anunció algo que sólo superficialmente estaba presente en nuestro horizonte: "ahora el tema del acceso a los medicamentos va a ser también un problema para los países desarrollados, lo cual puede ayudar a la lucha que estamos llevando en nombre de los países más pobres". Supongo que todos pensamos en el cáncer, en esos tratamientos carísimos de los que más o menos todos hemos oído hablar, que supuestamente prolongan la vida -¿tres, seis meses?- o al menos mejoran su calidad, a los que, sobre todo si no somos nosotros las víctimas de la enfermedad, consideramos que se puede renunciar porque la relación coste/beneficio no justifica una apuesta decidida por ellos. Pero he aquí que se hace pública la noticia de que existe un fármaco que cura la hepatitis C, es decir, que cambia la muerte por la restitución de la salud; y resulta que para la mayoría de nosotros -¿qué decir de ellos?- es económicamente inaccesible. Y de repente nos acordamos de Santa Bárbara travestida en licencia obligatoria (la principal respuesta de los países pobres a las limitaciones que imponen los acuerdos sobre patentes farmacéuticas).

#encarneysangre

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