El amor en los tiempos del ébola

Estoy seguro de que no es nada original traer hoy a colación La peste de Camus; pero sin duda esa falta de originalidad se debe a que tiene sentido hacerlo. Tenemos entre manos una amenaza de epidemia, pero también vivimos en una situación que no difiere mucho de la denunciada alegóricamente por el escritor francés a través de la metáfora de la enfermedad: en aquel entonces, la peste parda, el nazismo, y más concretamente la ocupación de Francia, facilitada por no pocos colaboracionistas dispuestos a medrar bajo el nuevo orden. En el día de hoy, la peste de una corrupción que alcanza por igual al trono y a algún sindicalista héroe de la lucha obrera y muy probablemente republicano. El virus del ébola sabe elegir: medra en medio de la miseria; de la física y de la moral; Sierra Leona y el patio de Monipodio, sembrado de tarjetas opacas y evasiones fiscales paliadas piadosamente por amnistías. Regularizaciones, las llaman. Suena a terapéutica para molestias banales del intestino. Cuestión de mierda, en cualquier caso.

¿Y el amor?

Esta tarde ha habido manifestaciones de amor; de amor a los animales. Unas cuantas personas, convencidas de estar obrando bien, han intentado oponerse a que unos veterinarios a quienes sin duda el encargo no les hacía maldita gracia sacrificaran a Exkalibur (si de verdad se escribe así, ¡qué mal escrito está!), el perro de la hasta ahora única enferma por causa del virus.

Bien está amar a los perros, aunque eso implique llamar asesinos a los veterinarios y a los policías que formaban un cordón de protección, haciendo gala de una escasísima empatía, no ya amor, hacia los seres humanos implicados en el canicidio. Pero me pregunto: si dentro de unos días se produjera un nuevo caso de la enfermedad que pudiera sospecharse relacionado con la supervivencia del animal, ¿acudirían esas mismas personas a reclamar responsabilidades a quienes no han velado por su seguridad? Hemos podido oír a una vecina hablar acerca de su miedo a tomar el ascensor e incluso a tocar por fuera la puerta de su vivienda, o el tirador del portal; hemos escuchado las críticas, razonables y comprensibles, del vecindario entero por la falta de medidas de limpieza o la tardanza en su aplicación, ¿y habría que aplaudir que, en nombre del amor a los animales, se dejara circular a un organismo biológico altamente complejo, que en el fondo no es muy diferente de los murciélagos o los monos con los que empezó la epidemia?

¿Es que hasta el amor, en los tiempos del ébola, se coloca bajo el signo de la locura?

Pero debo arriesgarme aún más. "Por la caridad entra la peste", dice crudamente un refrán español, que seguramente tendrá sus equivalentes en otros idiomas. El caso es que el virus ha llegado a España en avión militar. No en patera, no, como desde hace mucho tiempo vienen sosteniendo no pocos, si no acerca del ébola, si en relación con otras enfermedades "de negros". Ha llegado en un avión, o en dos, de la Fuerza Aérea Española. Y lo ha hecho por obra de la caridad, que es, se nos dice, una especie elevada y altruista de amor.

Dos misioneros infectados fueron repatriados. Misioneros. Gente que trabaja por amor. Gente dispuesta a morir por su dios y por su prójimo. Uno de ellos incluso pudo hacer un favor a nuestros gobernantes al decir, sin duda con su mejor intención, que "en España sobran médicos". Pero ambos pidieron volver, o eso nos han dicho. Pues al parecer existe un acuerdo firmado por los gobiernos europeos con las organizaciones de cooperantes en virtud del cual los nacionales de un país que pidan ser repatriados deben serlo sin discusión.

Nadie está obligado a ser héroe, y yo, que no lo soy, estaría menos legitimado que cualquier otra persona para exigir a terceros esa heroicidad que me falta. Pero en los tiempos del cólera hay un amor que debe preservarse, y es el amor a la lucidez; incluso diré más: a la verdad. Y lo políticamente correcto mata la verdad. El caso es que pienso que si yo tuviera el cuajo, y la fe, necesarios para ser misionero, elegiría quedarme con aquella gente que proclamo como "los míos", y ponerme en manos de mi dios.

Una vez dicho esto sostengo también otra cosa, no precisamente contradictoria: aplaudo su decisión de comportarse como seres humanos normales solicitando la ayuda de la medicina y del aparato sanitario de su país, de nuestro país.

No obstante, todo, o al menos todo lo que se conoce, debe ser dicho, por amor a la lucidez, si no a la verdad. Por eso no debemos olvidar que el suero "hiperinmune" que se está administrando a la paciente actualmente ingresada, y que estaba destinado al segundo de los religiosos fallecidos, procede de una enfermera africana compañera del primero, que no pudo venir a España porque no era "una de los nuestros". Pero al parecer su dios decidió salvarla.

Y ahora de nuevo se confía la curación de "uno de los nuestros" a su sangre vital y rebelde.

El amor en los tiempos del ébola.

#políticamenteincorrecto

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