Al túmulo de Miguel de Cervantes en Madrid

¡Voto a Dios, que me espanta esta grandeza

y que diera un doblón por describilla!

Porque, ¿a quién no sorprende y maravilla

esta máquina insigne, esta riqueza?

(Miguel de Cervantes,

“Al túmulo del rey Felipe II en Sevilla”).

Según una información publicada esta misma mañana por fin han identificado los restos de Miguel de Cervantes. Transitoria o permanente, no me atrevo a asegurarlo, sanchopancesca es mi actitud ante la noticia, y con ello me refiero a una conocida frase del escudero (cap. XXV de la primera parte): “allá se lo hayan, con su pan se lo coman”.

Resulta que, revueltos con los restos de una ingente cantidad de niños, se han encontrado unos cuantos huesos sueltos que se asegura pertenecen al escritor, aunque poco más lejos se señala, no sin cierta inquietud, que no se ha practicado un estudio de su ADN que, según parece, habría sido factible. A mí, concretamente, tanto me da una cosa como la otra, porque no experimento especial emoción ante esos fragmentos de humana osamenta.

No niego interés histórico a la comprobación del lugar en que fue sepultado un personaje relevante de nuestra historia, aunque tampoco considero que sea asunto de especial calado cultural. No sé si es menos importante, pero a mi juicio no lo es más que el descubrimiento, leído ayer, de la autoría de las tallas del pórtico de la Universidad de Salamanca. No obstante, como historiador celebro sin reticencias que se haya esclarecido ese punto oscuro.

Otras son las cosas que me dan que pensar. Según parece va a construirse un receptáculo adecuado (¿?) para la custodia de esos huesos, que podrá ser convenientemente visitado, pues sin duda figurará en las nuevas ediciones de las guías turísticas de Madrid. Y a partir de ese dato, una tras otra, gotean las preguntas en mi mente: a partir de ese momento, ¿cuántas personas que no han leído ni leerán el Quijote se asomarán a admirar el túmulo? ¿Cuántos lectores de la novela tendrán un interés particular en contemplar ese receptáculo de huesos inarmónicos? ¿Cuántos pensarán –pensaremos- que el único lugar de culto digno son las páginas de las incontables ediciones del relato? ¿Y cuántos conocedores de la obra cervantina no se preguntarán, como hago yo mismo en este momento, qué diría de la idea, y de su realización, el autor del poema algunos de cuyos versos he citado al comienzo; un poema de vitriólica intención satírica?

Y aún hay más: el gobierno madrileño ha encargado la tarea a un médico forense vasco, Francisco Etxeberría, al que conocí casualmente hace muchos, muchos años, en el marco de una comida organizada por mi colega de la UPV José María Urkía. No me cabe duda de que es una de las personas más capacitadas para realizar esa tarea, pues tiene una dilatada experiencia: ha trabajado de manera voluntaria en la identificación de restos humanos encontrados en cunetas y junto a las tapias de cementerios en el marco de una de las tareas propias de la recuperación de la memoria histórica satanizada por esos mismos que ahora se valen de su experiencia, y en la época en que coincidí con él pertenecía, a ojos de la misma gente, al bando de “los malos”, pues investigaba torturas a presos vascos acusados de pertenecer a ETA e intervino en la investigación de las muertes de Lasa y Zabala . ¡Las vueltas que da la vida! Y está claro que no lo digo por él.

No presumiré de carecer de una vena fetichista, pero no puedo por menos de asegurar que la idea de acercarme a un monumento que contenga algunos huesos de Cervantes me deja totalmente frío. Más aún, creo que artimañas de este género sólo sirven para distraer al público ingenuo de la verdadera cultura. Para qué leer el Quijote, si ya he contemplado devotamente el túmulo del padre que lo engendró. Para qué comprar un libro, o ir al teatro, actividades que además están gravadas con el menos democrático de los impuestos, cuando tengo tan a mano otro género de pasatiempo más sencillo y baratos con el que consolar mi conciencia y mi patrio[ter]ismo: “¡Ya era hora de que el más importante escritor español tuviera una tumba como Dios manda!”. ¡Que no tengamos que avergonzarnos ante los franceses, quienes, por otra parte, seguramente –no voy a perder el tiempo en mirarlo- no tienen la menor idea de dónde están los huesos de François Villon!

¡Sí, no puedo negarlo! Toda esta historia me hace pensar insistentemente en el famoso poema, hasta el punto de poder fantasear que, como dice Cervantes en el poema citado, “el ánima del muerto” abandonará por un momento la gloria merecida para contemplar, con sonrisa socarrona de veterano de Lepanto, el relicario, pues otra cosa no será, construido para una espuria culturolatría, tan lejana de lo que tanto sus criaturas como, sobre todo, él mismo, representan.

#claroscurosculturales

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