El diabolismo en la cultura

Para mis Polvorientos

El diablo… Es muy posible que el punto de partida de nuestra reflexión tenga que situarse en el dominio de la etimología. Diabolus procede del griego διάβολος, significando dia-ballein lanzar por separado (Eugenio Trías). Así, el diablo sería el gran disyuntor, el que introduce la distancia entre lo que debería permanecer unido, uno. El diablo es el señor de la escisión. Todos los idiomas mediterráneos lo nombran de manera semejante, y quizá –no me atrevo a asegurarlo- su nombre en alemán, Teufel, esté relacionado con Zweifel, duda: la duda que surge de dos (zwei) posibilidades.

Lo uno o lo otro. Para que exista lo uno y lo otro es preciso realizar la operación contraria a dia-ballein: sym-ballein, lanzar o poner conjuntamente; y es digno de reflexión el hecho de que, del mismo modo que de diaballein surge el diablo, de symballein lo haga el símbolo. El símbolo es lo que une aquello que estaba separado, lo que aproxima realidades que parecen distantes, inconciliables; lo que permite restituir la unidad perdida por obra… del diablo.

No es casual que todas las religiones y, en general, todas las metafísicas –y también una cierta psicología profunda, la denominada analítica- hayan visto en la unidad de lo disperso, incluso de lo contradictorio, una imagen de salvación y de salud. Cuando los cristianos de tiempos pasados decían que por la mujer entró el mal en el mundo sólo se equivocaban parcialmente: el sexo del segundo en el orden de aparición es lo de menos. Lo que rompe la armonía del Adán original –que según Michael Tournier sólo podía ser hermafrodita- es su división.

Por todo lo anterior, aunque sin duda el autor del afortunado título –lo ha sido más que la obra que nombra- Las dos culturas (The two cultures), C.P. Snow, no imaginaba que lo estaba haciendo, podemos asegurar que hablaba del diablo, o de lo diabólico, al señalar la existencia de dos culturas paralelas en el mundo actual, la científica y la humanística. El hecho es que, según la antigua sabiduría –no en opinión de Snow, que sólo la considera inconveniente- , esta realidad sería profundamente diabólica, pues dos, y no 666, es el número de la Bestia, si entendemos por tal al diablo.

Estoy convencido de que mucha gente no percibe como diabólica la existencia de dos abordajes de la realidad sin pretensiones, o al menos sin pretensiones serias de convergencia. Aunque se hable con veneración de la “interdisciplinariedad” lo cierto es que la formación de las personas, al menos en los países occidentales, no ha dejado de jugar la carta de la especialización por más que a veces se proclame lo contrario; como profesor en una facultad de medicina sé muy bien de lo que hablo. En el mejor se los casos se entiende por interdisciplinariedad la suma algebraica de numerosas especialidades, nunca, desde luego, de todas las posibles, y generalmente en el campo de una de las “dos culturas”.

¿Qué decir, pues, cuando cada una de esas culturas se atomiza a su vez, cuando la hiper, o subespecialización, prolifera e invade el campo de lo colectivo, de lo social, al modo de las células cancerosas, desconectándose del consenso unitario?

Pongamos un ejemplo; uno nada interesado, o quizá al contrario: del mayor interés, del interés más urgente. No hablemos de la universidad, de las ciencias o de las letras. Hablemos de la política.

Cada vez es más frecuente la figura del político profesional, de aquél o aquella que se plantea la política no como una etapa en su vida personal y social –dejemos al margen el escabroso tema de la “puerta giratoria”-, como la puesta en práctica de unas habilidades particulares al servicio de la comunidad, sino como una actividad para la que hay que formarse específicamente a partir del dominio de unas técnicas que en buena medida son las del márketing, o sea, las de la manipulación. La creciente obscenidad de las campañas electorales permite apenas atisbar lo que nos espera cuando buena parte de los políticos provengan de las llamadas “nuevas generaciones”.

Hubo otro modelo de político. Los más viejos conocimos algunos ejemplares que, sin acercarse en exceso al ideal, al menos suministraban imágenes respetables. Pero sobre todo los hubo hace tiempo, mucho tiempo: cuando surgieron las palabras que nos ayudan a entender los fracasos del día de hoy. Se nos dice que el diablo es el enemigo de dios, o su frustrada y negativa copia, simia Dei, de modo que hemos de entender que lo divino es la antítesis de lo diabólico, de lo dia-bálico. Y nos enteramos con sorpresa de que en la época en que aquel lenguaje nombraba de tal modo las realidades físicas y metafísicas vivieron algunos que merecieron ser llamados "varones divinos", theioi andres, que fueron filósofos, médicos y legisladores; aunque esa tripartición sigue siendo algo demasiado nuestro, demasiado contemporáneo, diabólico y hasta, si se quiere, “triabólico”. Fueron filósofos al modo que ellos mismos inventaron, el de la physiologia, la búsqueda de la comprensión de la naturaleza (physis); eran iatroi, sanadores, pero también physikoi, naturalistas en el sentido más amplio del término, y porque se ocupaban de las leyes más inmutables y de la salud se vieron impelidos a ocuparse de la difícil armonía de la vida en comunidad. De casi todos ellos se cuenta que acabaron con una epidemia en la ciudad de la que serían legisladores. ¿De qué tipo epidemia hablaba su leyenda? Su medicina, ¿lo era sólo del cuerpo individual, de los cuerpos que coexisten biológicamente?

Giorgio Colli, el maestro italiano fallecido no hace mucho, propone no etiquetar a aquellos –Pitágoras, Parménides, Empédocles…- con la denominación de “filósofos”. Los theioi andres eran sabios, y la suya no debe llamarse filosofía sin más, sino sabiduría. Los tres volúmenes dedicados al pensamiento griego arcaico por Colli llevan como título general La sabiduría griega. Para aquellos hombres no había “ciencia” y “humanidades”, sino un mundo de reflexión en el que todo debía contribuir a la salud y la convivencia de los seres humanos. ¿Puede extrañarnos que su lenguaje sólo pudiera ser simbólico? ¿Que Parménides escribiera su pensamiento como un poema? ¿Que Heráclito fuera apodado “el oscuro”? ¿Qué incluso Platón tuviera que doblar a menudo la rodilla ante el mito?

Aquellos sabios “sabían” ser turbios en la expresión, que no en los hechos, porque entendieron que servir a lo divino requería el símbolo y su capacidad unificadora. “La armonía invisible es mejor que la visible”, dijo el de Éfeso, y podría haber añadido -¿quién sabe si lo hizo?-: la que podemos ver no es armonía, sino a lo sumo torpe parentesco.

“Nadie puede saber todo lo que hoy es posible conocer”, se me dirá; y sólo podré responder que estoy convencido de ello. Pero añadiré que esa frase es una falaz coartada para poltrones o para tramposos. No podemos privarnos de personas que sepan cosas que otros ignoramos, pero la ignorancia de asuntos concretos no impide el esfuerzo hacia la reunión de lo disperso. Que alguien considere que se puede cuidar de la humanidad sólo desde la física cuántica es tan diabólico como que otro piense que puede hacerse desde la pintura impresionista. El amor de una madre iletrada puede matar –ejemplo, el mal uso de la leche maternizada por mujeres del tercer mundo a las que no se ha explicado bien que sólo puede usarse la dosis exacta de polvo, pues un exceso del mismo mata al lactante- tan bien como el experimento sobre seres humanos llevado a cabo por un científico nazi en un Lager. A la primera le falta ciencia; al segundo humanidad. A ambas víctimas las ha matado lo diabálico.

Y nuestros rectores de hoy son producto, el más decantado sin duda, de nuestra cultura. Perdón; de nuestras dos culturas; de la claridad, el pragmatismo, la expertise, que constituyen las máscaras de lo dia-bálico, de lo dia-bólico.


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