El mercader de Venecia

¡Buenas noches, amigos!

Como sé que estáis muy ocupados, me imagino que tenéis poco tiempo para leer teatro y además el clásico de Shakespeare al que me refiero en el título no está, que yo sepa, en cartel en vuestras ciudades, voy a tratar de contaros su argumento. ¿Que cuál es la razón? ¡Yo qué sé! Quizá es, simplemente, que se me ha venido a la memoria.

¡Mirad qué historia tan ejemplar! Resulta que, en un lugar del Mediterráneo -Shakespeare eligió Venecia, pero decidid vosotros dónde queréis situar el cuento-, un hombre razonablemente poderoso, un mercader, se ve requerido por un amigo al que hoy, sin dudar, calificaríamos de tarambana: que si está enamorado de una mujer maravillosa, que si ha dilapidado todo su patrimonio y en esa situación no puede presentarse ante ella... En fin: que solicita al mercader la cantidad que necesita. Pero éste no puede dársela, pues la tiene invertida en sus naves comerciales; para los efectos, ya que ninguno de nosotros es un mercader medieval o renecentista, es como si estuviera hipotecado hasta las cejas. Pero el tarambana es su amigo, su compatriota, y no tiene más remedio que aceptar, en nombre de esa relación, su deuda como propia, aunque para conseguirle el dinero tiene que hipotecarse aún más. ¿Cómo?, me preguntaréis. Pues solicitando un préstamo a un usurero judío.

Como no quiero pasar por lo que no soy, antisemita, vamos a "desjudaizar" al prestamista limitándonos a señalar, pues tal es la pretensión de Shakespeare, que no es veneciano, o del lugar que cada uno de vosotros haya elegido. Es ajeno a esa comunidad, no entraré en si por voluntad propia o por decisión del resto de ciudadanos; de hecho, si lo "desjudaizamos" eliminaremos no pocos tabúes. O sea: en resumen, que lo que les pase a los "venecianos" le importa una higa, por decirlo en español clásico.

Pero hay más: el usurero se siente ofendido por el mercader. Le molesta, le tiene inquina. Le gustaría que perdiera el poder que tiene, de modo que le propone unas condiciones draconianas para prestarle el dinero con el que tiene que pagar dispendios que no ha hecho, pues proceden de su amigo el tarambana. Si, cumplido el plazo, no se ha reintegrado la cantidad prestada más los intereses, tendrá que dejarse cortar una libra de carne de una parte próxima al corazón.

En el fondo lo que el usurero desea es que el mercader no pueda pagar para, así, estar legitimado para eliminarlo, puesto que ha tenido la audacia de enfrentarse a él.

Y entonces... Pero, ¿qué sucede aquí? ¡A mi edición le faltan las últimas páginas! ¿Alguien puede ayudarme?

#literaturaycompromisopolítico

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