Un infiltrado

Ese al que me refiero en el título soy yo.

Perdonad que hable de mí; sería una falta de educación si no fuera porque, para mi suerte o mi desgracia, o para mi suerte y mi desgracia, soy profesor y he hecho de compartir mi pensamiento una segunda naturaleza. De nobis ipsis silemus, aconseja, admonitorio, el dictum kantiano; pero incluso las prohibiciones bien intencionadas a veces dejan de tener sentido. Una primera razón para permitirme algo tan inmodesto es la sorpresa al descubrirme inmerso en esa condición. De entrada tengo que empezar por comprender en la mayor medida posible tal descubrimiento, cosa que siempre es más fácilmente realizable cuando se intenta explicar a otro. En segundo lugar, dado que la condición de infiltrado es, a priori, sospechosa, semejante ejercicio de explicación compartida puede tener alguna utilidad más allá de la que pueda reportarme a mí mismo.

En el fondo debía habérmelo imaginado. Otros, de forma más o menos explícita, llevaban tiempo, a veces mucho, intentando darme a entender que así eran las cosas; y yo, ingenuo en algunos casos, arrogante en otros, o ignoraba sus advertencias o las tomaba como actos de mala fe. Ahora sé que unos y otros tenían razón: uno de los lugares que ocupo en el mundo no se corresponde con el de alguien voluntaria y gozosamente instalado en él. O sí. Realmente estoy donde quiero estar y a menudo gozo con ello; pero mi actitud a ese respecto no es limpia.

O sí (de nuevo). A lo mejor mi honestidad consiste en estar donde estoy como infiltrado, clandestino. Y tal vez el mayor acto de honestidad consista en descubrirme, en "despertar" al modo en que lo hacen los llamados "durmientes" en el mundo de los espías.

Pero basta de circunloquios y de justificaciones no pedidas ni siquiera por mí mismo. ¿A qué viene ese sambenito que me he otorgado con tanto desparpajo? Pues a mi condición de historiador unida a la experiencia de autorreconocimiento con que hace unas horas acabo de leer esta denominación de la Historia:

LA SANGRIENTA CLÍO

¡Traición!, podrá gritar más de uno. ¿Cómo, y por qué, te permites hablar así de aquella divinidad a la que has jurado prestar servicio?

Afortunadamente para todos, y en primer lugar para mí, si pretendo responder a esa pregunta debo dejar de hablar de mí mismo; ¡por fin! Le moi est haïssable. El caso es que quien llama sangrienta a Clío, equiparándola de ese modo, al menos a través de tan temible atributo, a la diosa Kali de los hindúes, no es otro que Rafael Sánchez Ferlosio. ¿Alguno de vosotros sabe quién es, o mejor, ha leído algo suyo?

¿No? Me lo imaginaba. Y no debéis acomplejaros por ello. Seguramente es un rasgo distintivo de nuestra cultura que si alguien no te avisa en el momento adecuado puedes no enterarte jamás de que entre nosotros se ha manifestado un meteoro cultural de dimensiones extraordinarias pero, como todos los meteoros, de existencia fugaz. Si lo dudáis intentad encontrar fuera de alguna biblioteca uno de los libros de los que proceden las citas que os regalaré a continuación y también esa tan reveladora para mí: si Clío es sangrienta y yo soy como soy y me llamo historiador seguramente soy un infiltrado o, por utilizar un término aún más peyorativo y con raigambre en los años de mi infancia y primera juventud, un emboscado.

¡Qué lástima, que no haya más "ferlosianos" en nuestra (in)cultura actual, en esta España que ha pasado en un suspiro de patio de Monipodio a corte de Heliogábalo! ¡Cuánto más alta proporción de dignidad se repartiría entre nosotros si los pensamientos de este dignísimo sucesor de Epicuro fueran de lectura sugerida, que no obligada, en las escuelas y en las facultades! Pero, claro: aunque haya recibido no pocos premios, uno de ellos, que no se menciona en los diccionarios, seguramente ha sido la famosa capa, o el no menos famoso yelmo, de la invisibilidad.

Pero volviendo a nuestro tema: Clío es una madre peligrosa. No podemos olvidar que uno de sus atributos es la tuba, la trompeta, que hará de ella la Fama romana. En su origen es la que permite que las hazañas de los héroes no desaparezcan de la memoria; y las hazañas de los héroes visten de rojo. Apenas puede extrañarnos que Benjamin sustituyera su figura por la del espantado Angelus novus de Klee, que vuela hacia atrás -hacia adelante según la línea de nuestra cronología, pero de espaldas al futuro- sin poder apartar los ojos de un suelo sembrado de escombros y cadáveres.

Claro está que Ferlosio habla de una cierta forma de hacer historia para la que Clío es sangrienta porque se ocupa sobre todo de la trompeta de la fama; pero a la musa se atribuye también la invención de la cítara, y por extensión no sólo fonética, de la guitarra, que como es sabido suele hacer una música diferente. Para Ferlosio es sangrienta la musa de una historia que se concibe como marcha del progreso hacia cualquier paraíso imaginable, ya sea cis o trasmundano. Es sangrienta la Clío en nombre de la cual se convierte en valor de cambio la sangre de los héroes y de los mártires -"¡su muerte no habrá sido en vano!"; "es el duro precio que hay que pagar por el progreso"; etc., etc.-. Pero hes más honesto alistarse bajo la bandera del sabio musulmán -¿real o inventado?- de La goutte d'or, de Michel Tournier, que declara con sencillez que "hay más verdad en la tinta de los sabios que en la sangre de los mártires".

Digámoslo de una vez: existe, o puede existir, un tipo de historia que no legitima ABSOLUTAMENTE NADA, sencillamente porque considera que no es su misión legitimar; una historia que, por mor de lo que tiene de experiencia, a menudo en cabeza ajena, o sobre las ajenas costillas, hace del escepticismo una condición de salud para uno mismo y para los demás. Una historia que no cree en las líneas rectas, y menos aún en los puntos de llegada, objetivos o destinos, en el sentido que este término tiene en las guías ferroviarias. Una historia sin para qué. Que no se pregunta "¿adonde quiero llegar?", sino "¿qué he hecho mal?", solamente para poder dar con cierta tranquilidad el paso siguiente.

Y cuando la historia se entiende así lo primero que se presenta como un lamentable error es hipotecar el presente por el futuro:

"El Futuro se ha vuelto (...) hoy, tanto en Oriente como en Occidente, el opio de los pueblos, en un sentido bastante parecido al que se dijo antaño en referencia con la religión. Nunca ha sido el Futuro tan causa del presente como ha llegado a serlo hoy".

Obsérvese que Ferlosio escribe "presente" con minúscula, porque designa algo real, incluso, podríamos decir, un objeto, una cosa, mientras que escribe "Futuro" así, con mayúscula; y esto no sólo porque no es, ni podría ser -todavía- cosa o hecho, sino sobre todo porque es un concepto, una idea, hasta un dios; uno de esos de los que puede decirse que hasta que no cambien nada habrá cambiado.

"El presente se pone en manos del futuro lo mismo que una viuda ignorante y confiada se pone en manos de un astuto y deshonesto agente de seguros".

"Tal vez el más alto 'precio que ha habido que pagar por el progreso' es, sin duda, el presente. Desde el presente de que se priva el ahorrador por mejorar de casa y vecindad hasta el presente que se va robando a sí mismo el asegurado por un entierro y un ataúd más ostentosos puede formarse todo un abanico de imágenes privadas que reflejan o imitan el espectro de la renuncia universal".

Y es que, lamentablemente, la propia noción de progreso, que es una noción occidental y moderna, en el sentido más propiamente historiográfico de la palabra, ha nacido sesgada en el sentido del poderío -sobre la naturaleza, por ejemplo- y más que nada en el de la adquisición (de bienes materiales, claro está). De aquí que nuestro autor hable de un tiempo adquisitivo propio de la mentalidad que llamaré progresista en una acepción distinta de la más conocida, y de un tiempo consuntivo, calificativo éste que suena bastante mal (hace pensar en la tuberculosis o en el cáncer, ¿verdad?), pero que en el fondo consiste en algo tan poco negativo como "autopertenecerse [en el propio] presente" a salvo de "la enajenación del hoy". ¡Esto sí que da miedo! ¡Pensar que el hoy de cada uno, que mi hoy puede enajenárseme, puede salir de mis manos para caer en las del Estado, la Religión, la Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad Académica...!

Terminaré con una cita extensa; aunque, si bien lo pienso, eso de terminar no es más que una verdad a medias, pues realmente "esto no ha terminado; ¡tengo mis planes!", como dice el loco innominado que entra y sale del escenario a su antojo en Marat-Sade. En todo caso asociar el final, aunque sólo sea de una parte de algo complejo, con la muerte, como haré de inmediato, al menos no parece incongruente:

"El consuelo de una muerte -que la mentalidad del tiempo adquisitivo busca en haber servido la muerte misma para algo, que es lo que entiende por 'tener sentido'- la mentalidad del tiempo consuntivo lo buscará en la generosidad con que a esa vida aquí acabada le haya sido respetado el derecho a no haber servido para nada, o dicho de otro modo, le haya sido guardado el privilegio de ser fin en sí misma, lo que es, precisamente, 'no tener sentido' (...) 'Morir lleno de días', 'morir colmado de días', como morían los patriarcas del Antiguo Testamento, remite en primer lugar a la mera dimensión de la longevidad, pero su representación no como de pasos que se suceden, ni de sucesivos hitos alcanzados, ni de número de leguas recorridas, sino como de amaneceres a cuya luz se abren las puertas de la casa para que cada día entre con su presente a habitarla y consumirse en ella, parece atribuir a tales días la virtud de saciar cada uno por sí solo, como cumplimientos autosuficientes, sin referencia al valor de la suma en que se integren. Hoy la longevidad se interpreta mediante la expresión, tan opuesta, de "morir cargado de años". Los días que polarizados por algún sentido, puestos cada uno de ellos en función del anterior y el subsiguiente, enhebrados en la tensión del tiempo adquisitivo, privados de detenerse cada uno en su presente, no han podido dejar de sí ninguna saciedad capaz de 'colmar' la vida, y han acabado por agolparse en años sobre las espaldas, grumos de pura temporalidad vacía, impaciencia y expectación acumuladas y al fin depositadas donde la proyección pierde su impulso, como el glaciar deposita inerte su morrena donde la lengua de hielo se deshace y pierde su capacidad de arrastre. Ahora los días de la vida no vivida, la vida desvivida en la insaciable fuga del sentido, aparecen de pronto como un saco de años muertos cargado a las espaldas del anciano; años que sólo pesan y no colman".


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