Para quienes, más jóvenes, confían en mí

Prometí que volvería a remitirme y remitiros a la obra de Rafael Sánchez Ferlosio. Arrogantemente en la medida en que me referiré a aquello en que su pensamiento coincide con el mío. Humildemente en la medida en que reconozco que él lo expresa mejor, así como porque, al buscar confirmación en sus ideas, reconozco no poder estar totalmente seguro de que las mías sean acertadas.

Hablaré -hablaremos- hoy del estudio, del aprendizaje. No en vano la mayoría de esos jóvenes que confiáis en mí sois estudiantes o acabáis de dejar de serlo "profesionalmente", y no en vano yo he elegido andar por la vida -por la vida pública- como profesor; ojalá en alguna medida -ahora no soy tan humilde- como maestro.

Sabéis que no admito, o sólo admito parcialmente, y de manera condicionada, la contemporánea adoración fetichista del trabajo entendido como rendimiento. Algunos conocéis mi asombrado descubrimiento en aquella lectura que cambió mi vida, la primera de La montaña mágica, de la temprana defensa del ocio por Thomas Mann, cuando dice aquello de que su Hans Castorp no podía amar el trabajo porque no le permitía disfrutar a gusto de sus cigarros Maria Mancini. Desde entonces no pude volver a considerar el trabajo como "el absoluto de la época, aquello ante lo que uno se afirma como ser humano". Pero, claro: a un novelista le están permitidas muchas cosas. De modo que a veces hay que escribir desde la pura prosa de lo cotidiano, sin el aderezo de la ficción. Así, por ejemplo:

"¡Cómo os habéis equivocado siempre! Era al afán, al trabajo, al quebranto, a la fatiga; no al sosiego, ni a la holganza, ni al goce, ni a la hartura, a quienes teníais que haberles preguntado: '¿Para qué servís?"

Todos podemos dar respuesta, incluso más de una, absolutamente válidas a esa pregunta. Lo sorprendente, lo revolucionario -lo filosófico, lo sobremanera humano- es darse cuenta de que hay que formularla.

El eje de la mayor parte de las posibles respuestas es la necesidad, lo cual nos lleva a la paradoja de que "sirven" a nuestra servidumbre; a nuestra condición de siervos. El trabajo permite comprar libertad, pero no la otorga, no la regala. Trabaja el esclavo en la esperanza de alcanzar un día la condición de liberto, pero el que es libre es el que está liberado del negocio, nec-otium, disponiendo, como anhelaba el joven Castorp, del tiempo como otium, ocio.

Eso, desde luego, no agota todas las posibilidades de respuesta; sólo le quita argumentos al cómitre o al propietario (de esclavos). Porque es cierto que algunos esfuerzos confieren libertad de otra manera, nada mercantil, y entre ellos está por derecho propio el estudio. Pero eso depende de cómo y para qué se estudia:

La modestia es un rasgo propio de la ciencia, no ya porque el científico se la proponga, deontológicamente, como una virtud, sino porque, siendo lo más característico de su condición y su actitud el mantenerse volcado totalmente hacia el interés por el objeto, tiende a sumirse, de manera espontánea, en mayor o menor olvido de sí mismo. Pero la figura del sabio distraído que, aunque con ánimo benigno, quería caricaturizar precisamente tal disposición, se ha quedado anticuada en la misma medida en que la actitud científica se ha deportivizado. Y en lo que se refiere a la relación sujeto objeto, no hay dos cosas más diametralmente opuestas que la ciencia y el deporte. Cuanto más prevalece el interés del sujeto por sí mismo, por su propio logro, por su propio mérito, sobre el interés por el objeto, tanto más nos acercamos (...) [al] culto de la pura hazaña (...) [al] "I did it" o kikirikí autoafirmativo (...) Cuando tras la ascensión [de Hillary], y a la pregunta: "¿por qué subió usted al Everest?", contestó con aquella memorable estupidez: "porque estaba ahí", bien podía adivinarse que lo que quería haber dicho es: "porque me jodía que fuese más alto que yo".

Las negritas son mías. Por poner algo de mi cosecha, y por si a alguien se le escapa que ahí está el busilis, que diría Sancho Panza. Por eso Ferlosio abomina del uso de los términos "reto" y desafío" por parte de "la execrable jerga pedagógica moderna [que] ha introducido recientemente la horrísona palabra motivar", cargada, desde luego, de sentido competitivo aun cuando sólo se remita al propio estudiante por la vía de la tan traída y llevada superación personal. Amor por el objeto. El que no lo tenga, como escribía Hiperión a Belarmino en la novela de Hölderlin, que se dedique a arar la tierra.


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