Mensaje navideño a mis alumnos (a mis amigos)

Esta mañana he cerrado la última clase del año con un mensaje especial que deseo compartir con cuantos me acompañáis en este blog, pertenecientes al menos a la segunda y más importante de las categorías nombradas en el título. Dicho mensaje tenía y tiene por tema el nacimiento del niño divino.

La fiesta que ahora comienza celebra el nacimiento de un niño así; en nuestra cultura, la del hijo del único dios que ésta reconoce.

Poco, tal vez nada tengo que decir al respecto que no sepáis todos, pero creo poder aportar algo al sentido de esta fiesta; algo que, en concreto, tiene que ver con vuestra condición de estudiantes y con la mía de profesor.

Para empezar debo deciros, por si no lo sabéis, que el nacimiento del niño divino aparece en muchas culturas, quizá en todas, pues parece representar algo muy valioso, una clave especial para la comprensión de algunos de los aspectos más profundos de la vida humana. Hablaré de la cultura que me resulta más familiar y querida: la de la antigua Grecia. En ella también existe más de un niño divino acerca de cuyo nacimiento se dicen cosas cargadas de sentido. Hoy me interesa un caso concreto: el de Dioniso.

Según una de las versiones del mito (mythos significa originalmente "decir verdadero") Dioniso fue el fruto del amor de Zeus con Kore-Perséfone, la Señora del inframundo, el reino de Hades, el lugar adonde van las almas de los difuntos.

Hera, la esposa de Zeus, inevitablemente había de estar celosa e intentaría hacer daño al niño, de modo que el dios lo ocultó en una cueva bajo la custodia de los curetes, guerreros cubiertos con armaduras que danzaban junto al niño al ritmo del entrechocar de sus armas.

Pero la diosa se las ingenió para, en un momento de descuido de los curetes, atraer al niño con ayuda de un espejo y un sonajero a un lugar apartado donde los Titanes, a quienes había encomendado la tarea, lo desmembraron y devoraron, salvándose solamente su corazón gracias a su hermana Atenea.

¿Qué fue de la víscera salvada? Al parecer nada que sirva a mi propósito. Este Dioniso procedente del reino de los muertos y masacrado, conocido también bajo el nombre de Zagreo, nos sirve sobre todo para vincular la figura del niño divino al mundo de la muerte: nace de la muerte, a la muerte vuelve, sacrificado... También el niño Jesús acabará su vida, aunque ya en edad adulta, de manera violenta... Pero esta muerte va seguida de una resurrección, aunque, en cierto sentido, el nacimiento de Dioniso-Zagreo es ya una resurrección, pues viene del Hades.

Demos un paso adelante en busca de otra versión del mito: la que hace a Dioniso hijo de Zeus y una mortal, Sémele. Los dioses pueden permitirse estas cosas: tener el mismo hijo dos veces, ¿no creéis? Una vez más, la engañada Hera, no pudiendo castigar al adúltero, urdió un plan para destruir a su rival junto con el hijo que llevaba en sus entrañas: le hizo saber que quien la había fecundado no era otro que Zeus, y como Sémele no podía creerlo la incitó a que pidiera a su amante que se manifestara en toda su grandeza. Cuando Zeus cedió a su demandas, su inhumana majestad hizo arder a la ingenua Sémele, y el dios apenas tuvo tiempo para rescatar de su vientre al hijo nonato.

Había que salvarlo de la cólera de la esposa divina, y esta vez Zeus decidió que lo custodiaría él mismo: incidiendo la carne de su muslo escondió allí al fetillo. que diez meses después salió de semejante útero en presencia del conductor de las almas, Hermes:

Este es el otro niño divino; el de una cultura que también es nuestra, aunque la mayoría lo haya olvidado. El niño eterno, eternamente renacido, visitante del reino de los muertos que vuelve siempre a nosotros. El puer aeternus.

Pero, ¿qué nos enseña el puer griego, y luego latino, que el niño Jesús pasa por alto? Que junto a su figura se alza la del senex, el anciano. No me extenderé en algo que exigiría demasiado espacio: lo que Jung explica acerca del valor de estos dos arquetipos, opuestos y complementarios, en la dinámica de la psique humana. Necesitamos ambos aspectos de nuestro psiquismo: el viejo sabio -también melancólico y a menudo cascarrabias- y el joven juguetón y efractor; recuérdese al recién nacido Hermes robando las vacas de su hermano Apolo y mintiendo luego cual bellaco ante Zeus.

El senex por antonomasia en la religión griega es Crono, más conocido por nosotros con su nombre romano: Saturno. El dios de la melancolía, ya sea creativa o morbosa. Y este eterno anciano no siempre está en buenos términos con el niño eterno; pues, ¿qué es lo que todo el mundo, al menos todo el mundo que ha visto las pinturas de Goya, conoce de la historia verdadera -el mito- de Saturno?

Que devoraba a sus hijos para que no pudieran llegar a hacerle sombra algún día.

Saturno es el senex. Cada ser humano tiene que contar con él para madurar, pues pretender ser eternamente un niño es enfermizo. Sólo un personaje de cuento infantil puede permitírselo y ha dado nombre a una patología psicológica, al menos a nivel popular: Peter Pan. Pero tampoco puede consentirse al gran anciano que devore al puer, que lo aniquile. Bien lo sabía Zeus, el único de sus hijos que escapó a la devoración.

En la facultad los profesores representamos al senex. Nuestra misión es haceros madurar, llevaros desde el nivel del puer hasta nuestro propio nivel. Y tal vez si nos esmeramos demasiado nos convertimos en padres devoradores. Matamos al niño divino. Os exigimos que seáis viejos: "Llegan las vacaciones, pero hay que seguir estudiando, ser responsables, competitivos..." etcétera. En cierto sentido yo mismo estoy del lado del senex. ¡Mi edad no me permite olvidarlo!

Pero, para bien o para mal, mi modelo no es Saturno. Volvamos a la historia de Dioniso. Seguramente escarmentado por la incompetencia de los curetes, esta vez Zeus encomendó su custodia a otro personaje: Sileno.

Sileno es el medio salvaje diosecillo de los bosques. No vive en el Olimpo, sino en medio de la naturaleza, entre las bestias y otras criaturas de su jaez, ni dioses del todo ni del todo hombres o animales: ninfas, sátiros, faunos... Vedlo en esa imagen, con la cabeza ceñida de pámpanos que evocan su bebida bendita, el vino; pámpanos con los que ya ha coronado también al niño Dioniso. Ved con qué expresión, a la vez amorosa y seria, contempla a su pupilo. También él es senex, pero no es demasiado serio. A veces incluso se propasa con las ninfas, con los animales, con los seres humanos... con el vino. Pero lo que ahora nos importa es que no devora, sino que protege al niño divino. Y Zeus, que ha aprendido mucho de la experiencia, lo sabe. ¿O es que alguien pensaba que hay una sola manera de ser senex?

El caso es que bajo la tutela de Sileno el niño Dioniso no sólo sobrevivirá, sino que llegará a conquistar la India, regresando al Olimpo cabalgando un tigre.

Así, mi mensaje navideño no puede sino terminar con este consejo, un consejo silénico: ¡no permitáis que Saturno devore al niño divino! Conquistad mundos lejanos y peligrosos, domeñad al tigre, pero sabiendo que puede hacerse salvando al Niño; o mejor, que no puede hacerse sin el Niño.

Y disfrutad de la fiesta que conmemora su eterno renacer.


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