QUIJOTESCA

“... cuando el famoso caballero Don Quijote de la Mancha, dejando las ociosas plumas, subió sobre su famoso caballo Rocinante, y comenzó a caminar por el antiguo y conocido campo de Montiel”.

¿Poseo un campo, antiguo y conocido por más señas? Conocido, ¿por quién, si yo mismo me pregunto por su existencia? ¿Y antiguo? ¿Cuán antiguo? ¿Con qué medida de tiempo hay que calcular su antigüedad? ¿Hablamos, o habla –habla conmigo- Miguel de Cervantes- de los años de mi vida, al menos de aquellos comprendidos entre este momento y aquél remotísimo en que comencé a leer la agradable versión redactada para la escuela de mi primer Quijote? ¿O bien hay que remontarse aún más atrás, a la primera enunciación del nombre del hidalgo en mi casa natal, o a la contemplación de los azulejos que representaban, que seguramente representan aún escenas de las aventuras del desventurado, del portal de la casa de mi tía Elvira, en Augusto Figueroa?

Antiguo y conocido. ¿Será que lo llevo en mí, desconocido pero vivo, desde siempre, quizá desde antes de tener lo que llaman uso de razón? ¿Llevarán todos los españoles desde Cervantes un campo por el que transite eternamente el hidalgo, como algunos sostienen?

En cualquier caso yo me apellido Montiel…

*****

Don Quijote sale al mundo caminando, cabalgando más bien, por el campo que lleva mi nombre. ¿No he de verlo, ya que también yo soy madrugador? ¿Y no he de sentir curiosidad al contemplar su figura aventurera y grotesca –ambas cosas- comenzando a hacer de la vida novela? Porque eso Cervantes lo tiene claro: Don Quijote no cambia de vida, sino de mundo; deja a sabiendas el mundo real y, a través del campo que lleva mi nombre, comienza a hacer de su existencia de hidalgo pobretón y adocenado una novela. Sale en busca de lo que solo está en los libros, sin duda porque intuye que esas mentiras -¡no!, esas fantasías- pueden insuflar vida a su alma, seca y “avellanada” como el cuerpo que le atribuye su creador. El mundo –y la vida- como voluntad y representación más de dos siglos antes de Schopenhauer; y de otra manera, desde luego.

¡Y eso sucede en el antiguo y conocido campo que lleva mi nombre! ¿Puedo ignorarlo, pasarlo por alto? ¿Qué mensaje lanzaron hacia mí por encima del tiempo el aventurero y su creador? ¿Cuál es mi deuda para con ellos? ¿Y se trata de una deuda o quizá es todo lo contrario, una herencia ignorada, no reclamada hasta ahora, o quizá disfrutada en la inconsciencia, ya que los pasos de Rocinante sobre el campo que lleva mi nombre han ido dejando huellas perennes?

¿Qué pasaría si…?


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