QUIJOTESCA (II)

“Y era la verdad que por él caminaba”.

Así (me) habló Miguel de Cervantes. ¿Para quién, si no, iba a fijar esta advertencia, como un poste indicador al comienzo de un camino incierto? “Y era la verdad que por él caminaba”.

Caminaré yo también por el campo que lleva mi nombre. ¿Qué descubriré en él? ¿Qué mensajes me esperan, me han estado esperando, me han visto pasar de largo tres o cuatro veces –en el curso de las lecturas escolares; en la primera de adulto; en la realizada para contar algo en una reunión con colegas, luego amigos, franceses; en la paralela con la que acompañé a Thomas Mann, mi maestro, en su Travesía marítima con Don Quijote…- sin que llegara a escuchar sus llamadas? Hoy pienso, escarmentado, que debo estar atento desde el primer paso que dé sobre este campo. Y el primer paso dice: “Desocupado lector”.

A diferencia de lo que muchos reconocen mi lectura escolar del Quijote fue totalmente placentera, como lo fueron las otras que he enumerado en el párrafo precedente. Pero de un modo u otro todas tuvieron un propósito, a veces uno muy concreto: aprobar una asignatura, exponer una brillante comunicación y luego, tal vez, publicarla como artículo o capítulo de libro… Nunca me sentí realmente aherrojado por el propósito concreto, pero en general había siempre un propósito. ¿Defecto mío o de una forma de leer impuesta por nuestra cultura? Además, ¿no tengo hoy también un propósito?

Puede; pero en este caso sería el de no tenerlo. Sin duda por eso me he parado al primer paso, y lo que me ha deslumbrado como un relámpago ha sido ese calificativo: “desocupado”.

Muy ocupado no debo andar cuando me detengo al primer paso. Parece que no empezamos mal el paseo –la aventura- por el campo de Montiel.

Desocupado. ¡Qué condición tan mal vista en nuestra sociedad, donde el trabajador más reconocido, al menos en mi campo, es el que se pasa de sol a sol metido en su despacho o en su laboratorio! (Creo que el modelo funciona también en muchas empresas). Uno de sus sinónimos es “ocioso”; pero hoy el ocio es negocio, de manera que quienes aceptan las ofertas de diversión que propone cualquier “guía del ocio” no se ven estigmatizados. Más aún: la oferta de “ocio”, al menos en nuestras ciudades, es tan vasta que cualquiera puede verse bastante poco desocupado para hacer uso de su tiempo libre.

Por otra parte pienso que el lector del Quijote no está precisamente ocioso, y eso sin necesidad de que su nec-otium, negocio, sea tan explícitamente concreto como el mío en las mencionadas ocasiones. Existe un otium cum dignitate, ese que bautizó Cicerón para describir su redacción de las Tusculanae. ¿Y dónde radica la dignidad de esa forma de ocio? ¿En el logro –económico, social- que se espera de esa forma de ocupar el tiempo vacío de trabajo socialmente reconocido?

Creo que no. Pienso que radica en la convicción de que se está haciendo algo por la propia alma (nota al pie sin nota al pie: llevo tanto tiempo explicando lo que entiendo por alma y sintiéndome tan decepcionado por tener que hacerlo que esta vez no lo haré. Además voy a usar esa palabra bastante a menudo). En resumidas cuentas, solo está realmente desocupado a los ojos ajenos aquél que al final de su recorrido invisible sigue pareciendo desocupado a la misma mirada.

“¿Qué has estado haciendo?” “Nada”. Si quien te pregunta te conoce un poco no te despreciará por esa respuesta; y si además ha reflexionado sobre la vida cotidiana de todos nosotros tal vez se quedará pensando; desocupado.

Ahora bien, no hay que echar en olvido la sentencia de ese cervantino alemán que fue Georg Christoph Lichtenberg: “algunas personas leen para no pensar”.

Desocupado lector: disponte a ocuparte de ti mismo.


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