DOCILE PLEBES. LA CRÍTICA POLÍTICA A LA PSICOTERAPIA EN EL PENSAMIENTO DE JAMES HILLMAN (I)

Lo que sigue es la primera parte de un artículo que no se llegó a publicar porque se me solicitaron algunas ampliaciones que no estaba en condiciones de realizar. Como, afortunadamente para mí, lo que actualmente me importa es llegar a quien pueda interesar lo que cuento y no preocuparme por mi CV lo publicaré aquí en entradas sucesivas.

Una terapia con efectos secundarios

El descubrimiento del psicoanálisis debe sin duda considerarse como uno de los más influyentes en la historia contemporánea. Su creador, Sigmund Freud, era orgullosamente consciente de ello cuando pidió al editor de su Traumdeutung que hiciera figurar, con cierta anticipación, la fecha de 1900 en la portada de la primera edición de esta obra, como dando a entender que con ella se abría una nueva era en la historia de la humanidad. Los hechos le dieron la razón. Denostado por muchos y admirado al menos por otros tantos, el psicoanálisis se ha quedado entre nosotros infiltrando todos los aspectos de la cultura y, en su vertiente terapéutica, cosechando legiones de pacientes frente a otras opciones terapéuticas que a veces se apoyan en la psicoterapia psicoanalítica y otras, seguramente la mayoría, la toleran a regañadientes por mor de las leyes del mercado. La sociedad occidental en su conjunto encontró en el mensaje del psicoanálisis algo que le resultaba familiar y que estaba echando en falta, de modo que lo adoptó con curiosidad e interés hasta convertirlo en un elemento mayor de su cosmovisión a lo largo del siglo veinte. Pero, a pesar de lo ambicioso de sus pretensiones, a menudo realizadas, en este englobante marco, no podemos olvidar que el psicoanálisis nació como una novedosa opción terapéutica. Sus primeros balbuceos fueron los de una incipiente subespecialidad de la neurología y la psiquiatría, limitada a cierta patología mental –quizá fuera mejor decir emocional- cuya prevalencia en la época en que su creador la diseñó había llegado a ser extraordinaria y por tanto preocupante. No podemos olvidar que uno de los primeros maestros de Freud, Charcot, fue aclamado como experto en el manejo de aquella histeria decimonónica que se presentó con carácter casi epidémico y que hoy, sin duda gracias a la aportación del psicoanálisis, pero también a la de la ciencia social, como una rebelión del sujeto alienado (Laín, 1981: 156).

El hecho de que la psicoterapia, ya sea la propiamente freudiana o cualquiera de las variantes descritas tanto por sus seguidores como por los principales disidentes de la teoría fundacional, puede acreditar, aunque solo fuera a través de lo sostenido de su demanda, su éxito, no enmascara el hecho de que muchos médicos y filósofos no han dejado de sostener que se trata de una práctica sin fundamento científico y, por lo mismo, potencialmente peligrosa. No es por este camino, que tantos han transitado ya con mayores títulos, por el que pretendo adentrarme. Me interesa mucho más, y por razones que considero evidentes, escuchar lo que sobre los efectos secundarios de esta terapia -¿y qué terapia no los tiene?- pueda decir alguien que la ha practicado con inteligencia descollante a lo largo de muchas décadas. Me interesa mucho más el análisis desde dentro de los peligros potenciales y reales del uso, el mal uso y el abuso de un recurso creado para favorecer o recuperar la salud. Es lo que ha hecho James Hillman (1923-2011), seguidor de Jung hasta el extremo de ejercer durante diez años como director de estudios en el C.G. Jung Institut de Zürich y luego pensador autónomo, buen conocedor de las obras de los maestros y, en consecuencia, respetuoso crítico de ellas y de sus autores (Russell, 2013). Tomaré como guía su obra más explícitamente dedicada a poner de relieve esos efectos colaterales, el libro que recoge sus conversaciones con el ensayista y narrador Michael Ventura (Hillman; Ventura, 1992), remitiéndome a menudo a sus obras teóricas más sólidas para confirmar y fundamentar sus tesis sobre los indeseable efectos colaterales de algo pensado para obtener algo bueno para la humanidad.

Diagnóstico: llevamos cien años de psicoterapia y el mundo va a peor

I love therapy –and have come to hate it. I was the truest believer who ever walked the streets of Zurich when I first began, and mostly ever since (Hillman; Ventura, 1992: 156).

Cuando James Hillman realiza esta confesión le separan treinta y nueve años de aquel joven que pisaba por primera vez las calles de la capital del cantón homónimo. Casi cuatro décadas de práctica y estudio, de encuentros con pensadores originales, especialmente con varios de los miembros del Círculo Eranos, en el que tan importante papel había desempeñado y desempeñaba aún en aquella fecha, mil novecientos cincuenta y tres, quien habría de ser su maestro, Carl Gustav Jung. En ese amplio lapso de tiempo su primer y más fiel amor, asegura, se ha ido apagando hasta casi convertirse en odio. ¿Podemos tomar al pie de la letra esta declaración? ¿No será más bien el resultado que cabría esperar de la frustración de las ilusiones de un true believer? Y en tal medida, ¿no se tratará de una especie de fidelidad superior, radical, esa que consiste en decirle al objeto del amor que está errando el camino, que está arriesgándose a perder aquello que le hacía digno de ser amado? ¿Será que la psicoterapia, convertida ya en una profesión, en un modo de ganarse la vida, está cayendo en la rutina, haciendo bueno el refrán que asegura que el matrimonio es la tumba del amor? Algo así parece desprenderse de la lectura de las siguientes líneas:

In the good old days, psychotherapy was carried by revolutionary idealism and a crusading force in Freud and his confederates. This spirit was still alive in the early fifties when I got in. But gradually therapy, or is it me, has become more and more passive, boring, and repetitive, even trivial (Hillman; Ventura, 1992: 156).

Pero no se trata solo de eso, sino de algo más profundo, como revela lo que viene a continuación:

My emotion was elsewhere: Salvador and Nicaragua and the bullshit of trickle-down economics and the bad buildings going up and corporate crookedness in government –that was where I was caught. Meanwhile, therapy was talking in pretentious scientistic language about childhood and gender and propounding French theories that carry no more weight than croissant crumbs and aren’t even flaky. Training, ethics, lawsuits, licensing, dues, congresses, papers: institutional politics instead of real politics. It’s a profession. Everybody’s okay, even privileged, whereas, once it was secret, underground, shameful to be “in analysis”. And that’s what I love –that it doesn’t permit unconsciousness, another Word for comfortable mediocrity. And I was becoming mediocre, a gray man in a gray chair (Hillman; Ventura, 1992: 156-157).

No es solo rutina, y un buen analista debería saberlo. Esa rutina, precisamente esa, es una cortina de humo. El reconocido analista, conferenciante, escritor, se descubre de repente mediocre, y con una mediocridad culposa. ¿Dónde están, en su vida y en su práctica, “El Salvador, Nicaragua y la corrupción sistémica en el gobierno?” La respuesta más fácil es: “esto no tiene nada que ver con mi trabajo; yo me ocupo de la salud de muchos seres humanos”. Pero esa no es una respuesta que satisfaga a James Hillman, pues en el fondo constituye una especie de huida, de renuncia a una responsabilidad que afecta a toda la persona, no solo a aquella parte del sujeto que pone de vez en cuando un voto en una urna, colabora económicamente con alguna organización no gubernamental y, en algún caso, se manifiesta en pro de alguna causa. Las profesiones sanitarias, tan encomiables, constituyen, desde este punto de vista, un excelente refugio frente al compromiso político, pues uno ya sabe que está haciendo algo bueno, meritorio, que no admite discusión ni lecturas negativas; excepto, claro está, que realice su trabajo de manera fraudulenta. Pero si ese uno es intelectual y moralmente ambicioso pronto comprende que no es del todo honrado pretender justificar solo con eso toda una vida. Y la situación se vuelve aún más problemática cuando el terapeuta no trabaja con antibióticos, dieta y cirugía, sino con esas herramientas intangibles que se proponen restaurar el bienestar psíquico al modo propugnado por Freud. Aunque, ¿y si ese método no es parte de la solución, sino precisamente parte del problema? Continuando con su examen de conciencia Hillman se plantea esa misma pregunta y le da inmediata respuesta:

“Something must be wrong with me. I ought to go back into analysis to see why I feel therapy is so wrong”. And that’s even more crazy! It’s like leaving the Communist party and then turning to the KGB to find out what’s wrong with your thinking (Hillman; Ventura, 1992: 158).

Hay que buscar la respuesta en otra parte: en el lugar donde se ha detectado el problema. Y ese lugar es el mundo, lo exterior al sujeto. El Salvador, Nicaragua, las prácticas deshonestas en el gobierno, pero también esos bad buildings a los que se refiere en la misma cita. El hombre gris que ha consolidado su mediocridad sentado en su silla gris siente que debe liberarse de una introspección que se ha convertido en una trampa, porque el mundo está yendo a peor.

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